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viernes, 4 de febrero de 2022

Entrevista a Keeanga-Yamahtta Taylor. En memoria de Howard Zinn

El 27 de enero de 2010 falleció Howard Zinn, historiador marxista estadounidense. Recordamos su recorrido como intelectual público y sus contribuciones a la elaboración de una historia desde abajo.

El historiador Howard Zinn falleció el día 27 de enero de 2010. Su forma de transmitir sus ideas más allá de la academia y su participación activa en los movimientos sociales hacen que siga siendo un modelo para los intelectuales de izquierda.

Mientras enseñaba en Spelman, instituto de humanidades para mujeres de Atlanta, Zinn ayudó a organizar el movimiento estudiantil de sentadas por los derechos civiles. Durante la guerra de Vietnam viajó a Hanói a recibir a los prisioneros estadounidenses derribados por los vietnamitas del norte. Y además publicó La otra historia de los Estados Unidos, libro que llevó a muchos lectores a descubrir por primera vez las mentiras que esconde el mito fundacional de inocencia y meritocracia de los Estados Unidos.

Como escribió Eric Foner en un obituario del Nation, «Pocos historiadores lograron alcanzar una audiencia no académica tan amplia. Quienes lo hacen suelen escribir historia monumental, esas obras que celebran a los grandes hombres o los acontecimientos heroicos del país. La historia de Zinn era distinta. […] El público de Zinn aprendió sobre las luchas cotidianas de los estadounidenses que se movilizaron por justicia, igualdad y poder». 

Sigue Foner, Siempre me sorprende la cantidad de estudiantes de historia que terminan destacándose y que encontraron la primera chispa de su pasión por el pasado en la lectura de Howard Zinn. Está claro que a veces su interpretación tendía a una visión maniquea, un relato demasiado simplificado de la lucha entre las fuerzas de la luz y la oscuridad. Pero La otra historia… contiene una enseñanza estimulante y saludable: que a pesar de tanta represión, si Estados Unidos tiene una historia que celebrar, debemos buscarla en los movimientos sociales que lo convirtieron en un país mejor.

Keeanga-Yamahtta Taylor, profesora de Estudios afroamericanos en la Universidad de Princeton, escribió el prólogo a la nueva edición de You Can’t Be Neutral on a Moving Train, autobiografía de Zinn. Daniel Denvir conversó con Taylor sobre la vida y el legado del historiador en su podcast the Dig.

En tu prólogo escribiste, «El poder de Howard Zinn como escritor eclipsó la fascinante historia de su participación en esos grandes movimientos sociales». ¿Qué destacarías de los distintos roles que Zinn jugó en tantas décadas de izquierda estadounidense? Es probable que los dos episodios más interesantes, y tal vez los más importantes en su formación, hayan sido su participación en el Movimiento por los derechos civiles y su compromiso con el movimiento en contra de la guerra de Vietnam, que en cierto sentido fue una conclusión de su desempeño como piloto de bombardero en la Segunda Guerra Mundial. El primer episodio tal vez sorprenda a mucha gente, pues Zinn suele ser reconocido por haber escrito Otra historia… Pero en realidad, todo el marco teórico de ese libro —estudiar la historia desde abajo— viene de su participación en aquel movimiento.

Zinn fue parte del trabajo cotidiano y de base del movimiento sureño, muchas veces opacado cuando ensalzamos la figura de Martin Luther King, las grandes marchas y las confrontaciones espectaculares de la época. Nuestro historiador estuvo involucrado en muchas confrontaciones que no tuvieron tanta prensa. Su libro nos enseña justamente que el movimiento se mantuvo unido por las acciones de esos activistas comunes y corrientes, personas que estaban dispuestas a perder todo (incluso su vida), pero que aprendieron en el proceso y lograron sobreponerse a los altibajos que afectan a todos los movimientos sociales. De ese modo, no solo transformaron la realidad del Sur, sino que también se transformaron a sí mismos.

Pasado cierto tiempo, el Sur fue incapaz de conservar la legislación de Jim Crow porque las personas negras se negaron a ser gobernadas así. Zinn nos brinda una cartografía detallada del proceso a través del cual estas personas pasaron del miedo a la conciencia de que eran las únicas capaces de transformar sus condiciones de vida. Todo eso conlleva una importante cuota de sacrificio, pero también de heroísmo, además de muchas enseñanzas importantes para quienes abordan en la actualidad la cuestión de los movimientos sociales, sus métodos de trabajo y su posible efectividad.

Aunque las historias de Zinn efectivamente eclipsaron su historia personal, escribiste que su obra y su vida se reflejan una en la otra, en el sentido de que su vida fue un modelo de esas vidas comprometidas que retrató en sus libros. Dijiste que su libro más famoso es La otra historia de los Estados Unidos. ¿Cómo llegó a convertirse en un libro tan popular?
El eje que puso en la vida cotidiana de las personas no solo brinda una perspectiva más compleja de la historia, sino que también desmitifica el eterno dilema que enfrentamos quienes interrogamos la realidad del mundo: «¿Cómo es posible que algo cambie?». Zinn quita el velo de ese misterio y desmiente los mitos fundamentales de la historia de Estados Unidos, es decir, que el motor de cambio son las acciones de los hombres blancos y de las instituciones que reinan en nuestra gran democracia.

No basta con decir, «Bueno, eso no es tan así» o «La historia es más compleja». Zinn da vuelta el esquema y pone en el centro las vidas de esos millones de personas comunes que suelen ser invisibles en los libros de historia, como un modo de mostrar que el cambio es complejo y difícil, pero que las capacidades y la inteligencia de la gente común hacen que siempre sea posible. No es un milagro y no es magia. Son todas esas luchas pequeñas las que a veces logran convertirse en luchas más grandes. En muchos casos fracasan, incluso nos hacen retroceder. Pero la presión constante que ejercen las condiciones sociales sobre las vidas de las personas siempre las fuerzan a avanzar.

En última instancia, eso hace posible que ciertos militantes más radicalizados decidan organizarse, aprender del pasado, estudiar la historia como un modo de aportar al desarrollo de sus estrategias y tácticas en el marco de los movimientos sociales. Por eso el libro de Zinn, siendo tan dinámico y vital, suele tener mucho más sentido que las historias típicas que nos cuentan de arriba y que siempre están cubiertas por un velo de misterio. Zinn plantea una ruptura nítida con todos esos enfoques.

También escribiste que Zinn no solo convierte a las personas comunes en protagonistas de su historia, sino que otorga mucha importancia a los acontecimientos corrientes. En un momento leemos que su historia aborda el impacto de las acciones políticas de un modo no convencional. Por ejemplo, la forma en que analiza el «fracaso» del Movimiento por los derechos civiles en Albany (Georgia) en 1961-1962 y la decepción de las primeras movilizaciones contra la guerra de Vietnam de 1965. ¿Qué pensaba Zinn de estos movimientos de izquierda aparentemente «fallidos»? En primer lugar, hay que entender la importancia de esa observación, pues muchas personas no tan familiarizadas con la organización política, por causas ajenas a su voluntad, no saben que los intentos fallidos suelen ser los que impulsan las victorias más importantes. Las grandes movilizaciones —esto también vale para los años 1960— no caen del cielo. Deben ser construidas y organizadas.

A veces solemos perder de vista este hecho, sobre todo cuando intervienen fundaciones que bajan mucha plata y gestionan muchos recursos. Pero el problema es siempre el mismo: si eso no está conectado con una organización o con un proceso real, aun si tal vez sirva para llamar la atención sobre un tema particular, no generará los medios para solucionarlo y no logrará perdurar.

Zinn está intentando hacer dos cosas. Una es sintetizar el modo en que se desarrolla la conciencia. El caso de Albany siempre es presentado como un ejemplo de fracaso del Movimiento por los derechos civiles por no haber promovido el tipo de espectáculo sobre el que se apoyaba Martin Luther King para convocar a la prensa y llamar la atención del gobierno federal, siempre con el fin de presionarlos, en última instancia, para que forzaran a las autoridades del Sur a adecuarse a las leyes federales. En Albany, el sheriff detuvo a todo el mundo sin provocar mayores disturbios y fue elogiado por no golpear a los activistas locales.

Por ese motivo suele ser considerada una campaña infructuosa en comparación con Selma, Birmingham u otras victorias bien conocidas. Pero como participante del movimiento de Albany, Zinn planteó otra perspectiva: reconoció que la participación local en las actividades del movimiento, que implicaba superar el miedo enorme, a veces incapacitante, que infundían los sectores políticos, legales y económicos dominantes de esa ciudad, sin llegar a ser una «victoria», conllevó la transformación de sus protagonistas. Superaron el miedo. Y eso los colocaba a medio camino de la victoria. Porque la mantención del statu quo promovida por los sectores políticos dominantes de esa ciudad y del Sur dependía de ese miedo, cultivado durante largas décadas de violencia. Vencer el miedo y darse cuenta de que era realmente posible transformar la realidad: eso fue una victoria.

Entonces, la pregunta más importante es, ¿Cómo hacen las personas para sobreponerse a esa reticencia que surge de la idea de que es imposible transformar sus propias condiciones de vida? Ese es el elemento fundamental de la conciencia: esa voluntad, no solo de participar en una que otra marcha, sino de involucrarse completamente en un movimiento social y en un proyecto político que apunta a transformar la realidad.

En el caso de Vietnam, Zinn relata la frustración de las primeras manifestaciones, que no lograron convocatorias amplias. Unos cuantos cientos de personas en la calle no eran suficientes para desafiar la máquina de guerra estadounidense. Entonces, hace avanzar a los lectores por dos caminos.

En primer lugar, muestra que, durante cierto tiempo, los militantes pueden realizar actividades que contribuyen a generar un proceso de organización más efectivo. La gente aprende a hacer correr la voz antes de emprender una acción particular. Con el tiempo, se desarrollan relaciones que posibilitan llegar a una audiencia más amplia que al principio.

Pero también hay en juego factores sociales que no tienen nada que ver con la experiencia organizativa. Pensar que solo los militantes son capaces de convocar a la existencia grandes movilizaciones de masas es pecar de voluntarismo. Esos movimientos toman forma en función de fuerzas que están fuera de todo control.

Pero esa es la utilidad del libro de Zinn. Explica que el cambio social es una combinación de factores objetivos y subjetivos. Y el cambio es posible solo cuando nos ponemos en una posición que permite aprovechar las circunstancias, aunque eso no siempre depende de nosotros.

Por ejemplo, la aceleración de la guerra de Vietnam es un factor que impulsó el crecimiento del movimiento antiguerra. Pero si fue posible aprovechar esa situación, fue a causa de que existían militantes y activistas comprometidos desde el principio. Tuvo que haber alguien dispuesto a organizar las conclusiones que habían sacado esos movimientos de los que participó Zinn. De esa manera, vemos todos los elementos distintos que entran en juego cuando se trata de generar las condiciones de un movimiento efectivo.

Zinn pudo haber escrito una autobiografía de mil páginas. Pero optó por escribir un libro modesto, de doscientas páginas. En esas páginas pone el eje en todas estas campañas que estamos comentando. Porque no escribe para ensalzar su propia figura: escribe para transmitir su experiencia a una nueva generación de activistas, de personas que tarde o temprano se movilizarán y llegarán a preguntarse, «¿Qué hacemos? ¿Cómo hacemos?». No existe ninguna prescripción ni mapa certero que permita construir un movimiento exitoso, pero la historia de las organizaciones nos enseña ciertas cosas, sobre todo, nos muestra cómo cambia la conciencia y cómo la convergencia de muchos factores es capaz de crear las condiciones para que un movimiento de gente común y corriente reúna suficiente poder como para transformar una situación.

Durante el período en que participó del movimiento de Albany, Zinn fue profesor en Spelman, una institución de humanidades para mujeres negras. Fue un modelo de intelectual público de izquierda comprometido con el mundo político. Veo que es una posición que decidiste adoptar. ¿Qué podrías decirnos de tu rol de intelectual pública y qué aprendiste de Zinn?
«Intelectual público» es un término equívoco. Zinn fue participante activo de un movimiento social y enseñó en un instituto de mujeres negras del Sur en un momento en que las estudiantes buscaban medios de participación efectivos. Entonces, decidió comprometerse, en las aulas y a nivel más general, a tal punto que perdió su trabajo. Lo despidieron de Spelman. Cuando fue a la Universidad de Boston y empezó a hablar y a organizarse en contra de la guerra, John Silber, presidente de la universidad, también intentó echarlo.

En fin, es un nivel de compromiso y de sacrificio raro entre esas personas que solemos definir como «intelectuales públicos». Zinn utilizó su posición de profesor para escribir artículos que publicaba en el New York Times y en el Nation y que contribuían a visibilizar la política del movimiento y a encuadrarla en un momento en que el discurso dominante sostenía que los activistas por los derechos civiles estaban pidiendo demasiado.

En su libro cuenta lo que les decía a sus estudiantes: que él no era una persona neutra, que no todas las ideas tienen el mismo peso y que los niveles de injusticia y desigualdad del mundo exigían un posicionamiento firme. Ese posicionamiento debía estar anclado en los hechos, en la historia. Pero la vida es demasiado corta como para ser tibios. Es necesario tomar posición y luchar.

Yo creo que esa es una enseñanza muy importante. Es la ética con la que entro al aula. Tenemos que confrontar respetuosamente nuestras ideas, pero la historia también está hecha de puntos de vista. Todo el tiempo estoy tratando de responder, junto a otros compañeros, a las mismas preguntas: ¿Cómo podemos ganar? ¿Cuál es el método más efectivo para que ganen los oprimidos, la clase obrera, los negros, los inmigrantes, es decir, los nuestros? ¿Cómo hacemos para triunfar en la lucha por la supervivencia del planeta?

Cuando uno entiende los intereses que están en juego, es muy difícil mantenerse en una posición neutra. Estamos hablando de la supervivencia del planeta y de nuestra especie. Eso implica una respuesta urgente. Me gustaría que, mientras todavía estoy dando clases, surja un movimiento de peso, suficientemente importante y amplio, en el que pueda participar activamente.

Sin embargo, después de la marcha de mujeres, citaste a Zinn para decir que los militantes más radicalizados no deberían agarrárselas con los liberales por la tibieza de sus métodos. Aclaraste que fue la experiencia de confrontación con la policía en una marcha la que terminó radicalizando a Zinn.
Es una enseñanza clave. Zinn creía que todos eran capaces de llegar a conclusiones radicales, y que no se puede descartar a nadie, porque cada uno llega a esas conclusiones en función de su experiencia personal.

Hay personas que leen a Zinn y dicen, «Perfecto, esto tiene sentido. Soy socialista». Probablemente no sean pocas. Pero por cada persona que hace esa experiencia, hay cientos que ni siquiera leen el libro, que todos los días intentan dar lo mejor de sí mismas en su vida cotidiana y que solo llegan a posiciones radicales cuando identifican una brecha entre las posibilidades que supuestamente ofrece este país y la realidad. En esa brecha emerge la cuestión de la disparidad entre la idea de que este es el mejor país del mundo si uno se esfuerza y el hecho de que muchísimas personas se esfuerzan y no son exitosas. Entonces, no se puede descartar a nadie.

La mayor parte de las personas que terminan adoptando posiciones de izquierda más radicalizadas —si no todas— empiezan siendo liberales. Comienzan teniendo ilusiones liberales en la capacidad de las instituciones estatales estadounidenses para solucionar los problemas del país. Es solo a través de la experiencia del fracaso repetido de esas instituciones que empiezan a plantearse cuestiones más profundas. ¿Por qué todavía tenemos que luchar contra una policía que asesina negros? ¿Por qué hubo tanta especulación y polémica cuando hubo que definir si Jason Van Dyke había matado a Laquan McDonald? Todos vimos que el tipo disparó dieciséis veces sobre el cuerpo del niño, pero dudábamos sobre si debía ser acusado o no del crimen. Así que es ese fracaso permanente de nuestras instituciones lo que abre la posibilidad de pensar el cambio de otra forma.

Si simplemente descartamos a todas esas personas porque no llegan a las conclusiones a las que llegamos nosotros, no estamos hablando de construir un movimiento de masas. Estamos hablando de un grupo de amigos que piensa lo mismo y que está dispuesto a poner toda su energía en el cambio social. Pero las cosas no suceden de esa manera. Si estamos hablando de transformar la sociedad estadounidense en una sociedad democrática, eso implica un movimiento de masas, y un movimiento de masas implica transformar la conciencia y las ideas de las personas.

El cuestionamiento profundo de la organización de la sociedad estadounidense está desplegándose ante nuestra mirada. Podemos señalar el levantamiento de Ferguson, el levantamiento de Baltimore, los trece millones de personas que votaron por el socialista declarado Bernie Sanders y el notable crecimiento de Democratic Socialists of America. Son muchos los factores que apuntan a la existencia de una radicalización en curso en los Estados Unidos. En ese movimiento hay muchas personas que solían tener ilusiones liberales. Esas ideas también cambian.

Si nosotros, que pensamos mucho este tema y llegamos a conclusiones distintas, nos contentamos con descartar a esas personas por no haber llegado a tiempo a las mismas ideas, entonces nunca construiremos ni desarrollaremos el tipo de movimiento necesario para transformar realmente los Estados Unidos, y no solo remedarlo en tal o cual punto.

Traducción: Valentín Huarte.

Fuente:

domingo, 4 de marzo de 2018

_- El machismo es el sistema, tío

_- 

Una huelga se justifica ante la injusticia y la desigualdad. Si las mujeres suman desigualdades e injusticias, deberían protagonizar una revolución.


Hay una convocatoria de huelga femenina en el mundo para el próximo 8 de marzo. Es más que justa. Lleva siglos esperando. Parece fácil decirlo, pero hay que decirlo. En primer lugar, la mujer sufre una guerra. ¿Exagerado? En los últimos tiempos se registran más de 60.000 feminicidios cada año en el mundo. Hay que sumar cientos de miles de mujeres heridas o que han sufrido ataques para causarles la muerte. Hay millones de mujeres maltratadas, esclavizadas y sometidas a trata sexual, para ser subastadas y vendidas por las mafias. Podría alegarse que también hay muchísimos hombres en esas circunstancias, y es verdad. Pero la diferencia es que las mujeres sufren, o están en constante peligro de sufrir, una violencia sistemática por el hecho de ser mujeres. Gran parte de los feminicidios son cometidos por aquellos en quienes depositaron su confianza y en los lugares donde debían sentirse más seguras: el propio hogar. La violencia contra la mujer, con diferente intensidad según las culturas y los países, es universal y transversal. La jerarquía machista domina todos los poderes, salvo casos rarísimos. Hablar de matriarcados puede estar bien para alguna tertulia antropológica de bar, pero dejémoslo ahí. No nos engañemos a estas alturas. No es que estemos en un sistema machista. El machismo es el sistema.

Las grandes religiones, también con sus matices, ­desempeñan un papel nefasto y cómplice en la sumisión de la mujer. Por supuesto, las jerarquías eclesiásticas las excluyen. A pesar de llenar los templos, cumplir mejor que los hombres los preceptos y ser estrictamente controladas, no pueden ser sacerdotisas, salvo alguna excepción en iglesias reformistas que aquí seguimos llamando “protestantes”. Al contrario, las mujeres sirven a los clérigos y con no poca frecuencia son explotadas por ellos en todos los sentidos. Por si esto escandalizase a alguien, conviene añadir algo más. Las grandes iglesias, y por supuesto la que más nos atañe, la católica, pues todavía estamos en un Estado semiconfesional, deberían pedir público perdón por el maltrato secular a las mujeres y la persecución a que han sido sometidas las que intentaron llevar una vida libre e independiente, o tomaron la iniciativa en expresar el deseo sexual o, peor todavía para ellas, que ese deseo no se correspondiese con el patrón heterosexual. En un pasado no tan remoto, cuando estaba vigente el Santo Oficio, miles de esas mujeres fueron torturadas y quemadas como “hechiceras”.

No vamos a remitirnos a épocas en que los sabios y filósofos machos debatían con una profundidad abismal si las mujeres eran portadoras o no de almas, pero conviene recordar que no hace mucho más de cinco décadas, en nuestro país, las mujeres tenían que pedir permiso a sus machos para abrir una cuenta corriente, obtener un pasaporte o un carné de conducir. Lo recuerdo porque en muchas partes del mundo esto sigue ocurriendo, y porque las mujeres que aquí han sufrido humillación y sumisión merecen al menos escupir en la tierra.Ya no se discute, según tengo entendido, si las mujeres tienen o no alma. Pero algunos sabios de hoy, en una especie de “histerismo masculino”, se escandalizan por el movimiento feminista de denuncia de los abusos que declaran haber sufrido en el mundo artístico por parte de machos con poder para decidir o no si tendrían una oportunidad de trabajo. La primera obligación, de hombres y mujeres, es denunciar ese sistema autoritario, allí donde se produzca. Si se tratase de una violencia terrorista, nadie osaría decir a la víctima: “Bueno, calma, hay que medir las palabras”. Pero ¿y lo que sufren estas mujeres no es terrorismo?

Una huelga se justifica ante la injusticia y la desigualdad. Si las mujeres suman las desigualdades e injusticias, son la mayoría humana que debería protagonizar una revolución con solo levantar al cielo las estadísticas. Menos salario a igual trabajo, más empleo precario dentro de lo precario, doble explotación en la fábrica y en la casa, pensiones más bajas, cuidadoras gratuitas de personas ancianas, enfermas o discapacitadas. Con el dinero que las mujeres ahorran al Estado se podría financiar el paraíso terrenal. Pero no se preocupen. Lo que está previsto es incrementar exponencialmente el presupuesto militar.

https://elpais.com/elpais/2018/02/15/eps/1518698435_702593.html?id_externo_rsoc=TW_CC

lunes, 6 de noviembre de 2017

Entrevista al sociólogo y documentalista francés, Quentin Ravelli. ‘Ladrillos’ (Bricks): Un vistazo francés al momento español


La Vanguardia

Investigador del CNRS francés y también autor de dos novelas, Quentin Ravelli, nacido en París hace 35 años, publicó hace dos un ensayo sobre la industria farmacéutica (La strategie de la bactérie). El procedimiento fue examinar la concepción y comercialización de los medicamentos ingresando como empleado en una gran empresa del sector. Con Bricks (Ladrillos en inglés), Historias de una España en crisis, este polifacético sociólogo ha hecho su primera película. El método ha sido similar; documentar, mediante una inmersión, el paisaje social de la burbuja inmobiliaria desde las mismas fábricas de ladrillos de Castilla, hasta la Plataforma de Afectados por las Hipotecas (PAH).

Bricks, que se estrenó ayer (18-10-17) en París, es un buen documental sobre las realidades de los movimientos sociales en España y de sus tan ibéricos latidos, antes de que el país -y con él quizás sus movimientos- se enfundara en banderas nacionales. El documental ha venido acompañado de un pequeño libro-reportaje y es resultado de tres años de viajes a España, uno de ellos fijo en Madrid. Ravelli se muestra fascinado por el movimiento social español. En esta entrevista, en un bar del distrito XX de París, se reflejan analogías y comparaciones entre los momentos francés y español.

Seguir leyendo:
http://www.lavanguardia.com/cultura/20171019/432179224241/quentin-ravelli-bricks-francia-espana.html